Santos Degollado I
Como tienes sabido, la noche de los pastelitos de Santos Degollado es el recuerdo más bonito que tengo. Siempre me decías que no entendías, habiendo ido al jardín y a la Vasca tantas veces qué tenía de especial. Nunca me expliqué porque me enfurruñaba tener que detallar que, precisamente, el día más bello de mi vida fue el día que no tuve que explicarme.
Habías regresado sólo por mi, dijiste, y respondí que, haberlo dicho antes, yo cruzaba por ti. Cuánta alegría encontrar al amor de los cuentos, que atraviesa el océano sólo por el otro, que espera años de nada más que papel y promesas.
Se me colmaba el pensamiento y aguaba la vista. ¿Tanto querer era una expresión de amor, un ímpetu febril, o producto de un par de vidas, las nuestras, donde nosotros mismos éramos todo cuanto teníamos, a pesar de estar a un océano de distancia? Yo no quería atesorarte en el sustento miserable de no tener más tesoros, no quería que tu ternura fuera simplemente el fruto de un árbol enraizado en la guerra y la soledad que llevas en el corazón.
Muchas cosas imaginé. Sólo te pedí que cuando nos fuera mejor siguieras queriéndome. Que me amaras también cuando la oportunidad dorada que se nos ponía enfrente, diera paso a la normalidad y la ordinariez, donde ni resplandezco tanto como brillante me veías tras la lente del anhelo; ni el mundo es tan oscuro y sofocante como el que habías conocido, arrullado en trincheras, tetado en cuarteles y forjado en atrocidad.
Esa noche, mi noche más hermosa, me leíste el alma entera. Tenías los ojos vivos y llenos de caminos. Caminos a todas partes. Te conmoviste, y sin saber mis dudas, que no había yo enunciado porque me faltaban palabras, me hiciste parte de las tuyas. Eran afines. Me tranquilizaste sobre turbaciones que nunca te compartí. Tan empapuzante gracia. Tan sincero y tan puro. Nunca fui tan feliz. Nunca voy a volver a serlo.
Puede que aún siendo noche se notaron los mil colores en los que nos abochornábamos, mientras nos dábamos el más tímido de los abrazos. Tal vez en tan embriagante dicha, y entre lágrimas, comenzáramos a brillar. Quizá se nos vio levantarnos del empedrado como cayendo al cielo. Es posible que ese minuto, ese perfecto minuto, nadie pudiera advertirnos de dos luceros.