Las horas
Dormida, divina, casi irreal.
¿De qué pueden siquiera tratar tus sueños?
Tú, que andas flotando hasta en lo terrenal,
tus sueños deben ser infinitos.
Asomándose entre los pliegues,
puedo ver las plantas limpias de tus pies.
Limpias, parece que nunca rosaron la banqueta.
¿Han besado alguna vez este planeta?
Tú duermes, y mientras descansas los ojos,
yo estoy aquí en la hora oscura y hospitalaria.
La vida diaria, poco de vida, mucho de diaria,
es sólo la elipsis de estos instantes precisos.
Aquí, sumido en la hora oscura y serena,
me quedo mirándote, soñando, y no entiendo aún:
me quedo mirándote, soñando, y no entiendo aún:
Casa común, cama común, mundo común,
¿Qué haces aquí? Tanto desierto y tú sirena.
Estoy aquí, en las horas oscuras y quietas.
Te veo acurrucada en ese mar de sombra.
Entre los pliegues, llevas mareas y tormentas.
Las hemos enfrentado. Nos han arrastrado.
Afuera todo se viene abajo y simulan,
lo mejor que pueden, que no es así.
Aún les extrañará si se te ocurre sugerirlo.
No está pasando, nada se cae. Es cosa mía.
Y mientras el mundo se aproxima al final
o el final al mundo, no sé, tu permaneces.
No le llamo regalo. Los regalos son gratis.
Nada de esto ha sido sin un precio.
Pero no sé cómo llamarlo. No sé cómo sucede.
No entiendo qué estás haciendo en este lugar
donde no entra la luz y se llega a oír la respiración.
Mientras todo explota y se rompe en todos lados.
Regalo no es lo que no ha sido sin un precio.
Mérito no tiene estar donde se quiere.
Privilegio no es aquello que cuesta tanto.
Así que no sé qué es. No sé cómo llamarlo.
Si todo cae a la vez, y la misma velocidad
da la impresión de que nada se mueve.
Y en estas horas oscuras y estáticas
mientas tú estés, también yo estaré.