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Un largo ejemplo para explicar un hecho de formativa importancia:
QWERTY, es
el nombre de la distribución de letras en los teclados del mundo, más antigua
que las computadoras, por varias décadas. A estas alturas no tiene mucho valor ni como
trivia decir que su nombre se debe a la primera línea de caracteres alfabéticos,
los primeros valores a la derecha. La diseñó, como casi todas las cosas, un
señor que quería ganar dinero. Iterando el diseño en base a estudiar la
frecuencia de letras y bigramas más utilizados en el inglés, consiguió un
diseño sensato y elegante que funcionaba perfectamente para máquinas de escribir. Salvo, claro, porque sólo el 15% de la población del
mundo habla inglés nativamente.
Aun así,
con un 85% de la humanidad a la que no le es óptima la distribución QWERTY, ésta
se convirtió el estándar. Cualquier adaptación a otro lenguaje que se haya
hecho, es un parche encima de QWERTY. En español, tenemos la Ñ relegada a un
rincón; mientras la W, que no se usa en nuestro
idioma, tiene una posición destacada en nuestro dedo medio izquierdo. Y el español sale bien librado, hay idiomas que ni siquiera
comparten el mismo alfabeto y cuyos teclados están construidos pobremente, encima
de QWERTY, como casitas en las faldas del Picacho, viviendo donde se pueda,
como mejor sea posible.
Tal es el
dominio, que, si cambiáramos la distribución por una coherente a nuestro idioma,
además del inmenso coste y las
muchas décadas que tomaría estandarizar la nueva distribución, la
realidad es que escribiríamos peor. Por puro síndrome de Estocolmo, echaríamos
de menos a QWERTY. Como malditos homos habilis que, una vez salidos de su
cueva, lo único que desearan es regresar a ella. Afuera es grande y hace frío.
Con la llegada de las computadoras, y heredando estas la interfaz humana de las máquinas de escribir, QWERTY fue implantada de manera prácticamente
idéntica. Sin, claro, las limitaciones que implicaba que las teclas ya no tuvieran
que responder a un mecanismo físico de tipos, esferas o discos. A las teclas
alfanuméricas las acompañaron otro pequeño universo de teclas nuevas e ignotas.
¿Cuándo fue la última vez que, sinceramente, utilizaste corchetes ( [ ] ) o
llaves ( { } )? Estos signos de puntuación tienen uso real e ineludible al escribir, si bien bastante específico e inusual y seguramente
la vida de casi todos será vivida sin nunca tener que pensar en ellos. Pero son
utilizados, así que démosles el beneficio de la duda.
No obstante, ¿qué,
siquiera, es el carácter « | »? No es una i mayúscula ni una ele minúscula. Es la
tecla a la izquierda del uno. ¿Qué es « _ »? Es decir, sabemos es un guion bajo, pero ¿para qué sirve exactamente?, ¿qué son « ¬ », « \ », « ~ » o « ^ »?, ¿son para algo, además de para hacer
caritas? Algunos no sé ni como se llaman. Ya no digamos qué expresan o cuál es
su función. ¿Por qué narices tenemos que utilizar un asterisco para multiplicar?, ¿dónde está mi tache?
Obviamente, algunas personas pueden leer esto y echarse las manos a la cabeza,
negando con incredulidad mi ignorancia. Son caracteres muy útiles, opinará. Y
tendrá razón. Son caracteres perfectamente útiles y absolutamente razonables de
tener a la mano... en lógica formal. Y su hija, la programación. Pero, claro, menos
del 1% de la población del mundo sabe programar.
El mito era, hace décadas, que dicho analfabetismo era por la falta de la popularización
de las computadoras, y en cuanto tomara
impulso sería algo tan normal como nuestra lengua nativa. El argumento de
inaccesibilidad sigue siendo real hoy. Una de cada tres personas no tiene
internet, la mitad no tiene siquiera computadora. Pero, la realidad es que esta
utopía de la programación tampoco ha sucedido en el primer mundo. Y no va a
suceder nunca.
Pero las computadoras las inventaron ellos. Esas personas, los programadores. Fueron
los primeros en usarlas, y por ello, fueron hechas a su medida. Por ello, hemos
recibido en nuestros teclados una serie de caracteres completamente
irrelevantes para el 99% de la población del mundo.
A nivel de software, la solución a la especialización específica de uso se
resolvió aproximadamente bien, usando cada quién las aplicaciones que necesita.
Medicina, costura, escritura creativa o perder el tiempo, a nivel de software la computadora puede optimizarse a ese
uso. A nivel de hardware, no hay más remedio que lidiar con una interfaz
diseñada por programadores y diseñada para programar.
Así que utilizamos un teclado creado para angloparlantes, que son sólo el 20% de las personas del mundo, y rediseñado por programadores, que son menos del 1%. Y
no nos lo cuestionamos en ningún momento. Porque hemos adoptado, en vez de
crear.
Crear es la máxima y más pura forma de libertad. Crear es controlar. La única forma de moldear a la
medida el mundo, de diseñarlo para uno. En muchos sentidos, uno no tiene cabida
nunca, sino que debe conquistar su espacio a base de construcción. Crear es también muy fácil de
olvidar. Es muy sencillo de no hacer. En un parpadeo puede perderse la capacidad, y hasta la conciencia de haberla perdido. Pronto olvidamos siquiera su existencia o alguna vez haber sido capaces de crear. Es muy sencillo. Estamos siempre a un paso en falso. Y en algún momento, creamos un océano de distancia entre nosotros y quienes, con su obra, han
moldeado todo, como si fueran otra cosa en vez de humanos. Como si fuera otra su
naturaleza, y no la de meras personas. Son meras personas las que crean todo.
Y, si crear
es libertad; perder la capacidad de crear es perder también la libertad y el control. Esa verdad se puede extrapolar a cualquier escala: personas, familias, pueblos, países, culturas enteras. Renunciar a crear es renunciar a la libertad y la determinación.