geffus
miércoles, mayo 27, 2009
Siento no actualizar, he tenido unas semanas jodidas y seguirán así durante bastante tiempo, de hecho en unos días salgo de la ciudad por dos meses y no podré conectarme a internet. Sean buenos.
lunes, abril 27, 2009
SAT
-Pues es que no sé que error tiene mi pc. Me sale una ventana.
-¿Qué dice?
-No sé.
-A ver, mándame una captura.
-Ay, no sé como. Si no soy capturísta...
-¿Qué dice?
-No sé.
-A ver, mándame una captura.
-Ay, no sé como. Si no soy capturísta...
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domingo, abril 26, 2009
Sistemas de existencia (ii)
Son cucarachas.
Se tragan todo lo que sobra,
salen de orificios en montones.
Por las noches, cuando no hay
nadie que pueda matarles.
No tienen ningún valor,
apenas se sienten amenazados
huyen como putas ratas
a esconderse en hoyos.
Escuchan temblorosas
como avanzan los enormes mecanismos,
las situaciones que les superan.
Son bestias.
Hacen cosas sólo por subsistir
no aspiran a nada trascendental
no les interesa siquiera.
Sólo quieren fornicar, tragar, cagar.
Estúpidos animales de carga.
Masas bípedas de arrastre
de uso para la explotación.
No poder cambiar nada
no les importa
sólo esperan que no les afecte.
Que sea otro quien sea víctima.
Que sea otro quien muera.
Para poder ellos vivir otro día
en sus fétidos agujeros.
Se tragan todo lo que sobra,
salen de orificios en montones.
Por las noches, cuando no hay
nadie que pueda matarles.
No tienen ningún valor,
apenas se sienten amenazados
huyen como putas ratas
a esconderse en hoyos.
Escuchan temblorosas
como avanzan los enormes mecanismos,
las situaciones que les superan.
Son bestias.
Hacen cosas sólo por subsistir
no aspiran a nada trascendental
no les interesa siquiera.
Sólo quieren fornicar, tragar, cagar.
Estúpidos animales de carga.
Masas bípedas de arrastre
de uso para la explotación.
No poder cambiar nada
no les importa
sólo esperan que no les afecte.
Que sea otro quien sea víctima.
Que sea otro quien muera.
Para poder ellos vivir otro día
en sus fétidos agujeros.
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Sistemas de existencia (i)
No es acerca de lo justo o lo injusto
es simplemente acerca de tomar
las oportunidades que tengo.
Entraré a la fuerza por esa puerta,
tomaré todo lo pueda
y me largaré antes de que nadie
haya podido verme.
No es sobre de ganar o de perder
ni de estar por encima de ti.
No me interesa demostrarme
ni tengo medios para ello.
Se trata de robar al resto lo
que ya me robaron a mí.
Es la gran cadena de esta ciudad.
Es como rueda su ingeniería.
es simplemente acerca de tomar
las oportunidades que tengo.
Entraré a la fuerza por esa puerta,
tomaré todo lo pueda
y me largaré antes de que nadie
haya podido verme.
No es sobre de ganar o de perder
ni de estar por encima de ti.
No me interesa demostrarme
ni tengo medios para ello.
Se trata de robar al resto lo
que ya me robaron a mí.
Es la gran cadena de esta ciudad.
Es como rueda su ingeniería.
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sábado, abril 25, 2009
Refrigeradores automáticos (i)
Seguramente, con el tiempo vas a conocerme a un grado que jugará en mi contra.
Perderé el encanto que me da el misterio y las pocas palabras.
Posiblemente, al cabo de los años nos sumamos en un abismo de aceptación hacia nosotros, de alejamiento del mundo. Del mundo, sus máquinas y sus bestias.
Y en ese oasis de silencio y negación, pueda yo quizá seguir siendo el que puedas querer.
Pero aún no me decido si quiero arrastrarte hasta ahí.
Perderé el encanto que me da el misterio y las pocas palabras.
Posiblemente, al cabo de los años nos sumamos en un abismo de aceptación hacia nosotros, de alejamiento del mundo. Del mundo, sus máquinas y sus bestias.
Y en ese oasis de silencio y negación, pueda yo quizá seguir siendo el que puedas querer.
Pero aún no me decido si quiero arrastrarte hasta ahí.
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viernes, abril 24, 2009
jueves, abril 23, 2009
miércoles, abril 22, 2009
martes, abril 21, 2009
Lechugas
Aurrerá. 10:24 AM.
Estaba viendo la hora. Me formé para pagar.
-¿Encontró todo lo que buscaba?
-Sí. Gracias.
Pasa todas las cosas que iba a comprar, dejando para el final las verduras, que ha de pesarlas. Como es un Aurrerá pequeño -sólo tiene una caja, por ejemplo-, no hay cerillos, así que mientras el termina, yo voy guardando las cosas en bolsas unas y en mi maleta otras.
-¿Me permite un momento? -me dice-, no tengo el código de la lechuga, ¿me deja ir a revisarlo?
-Sí, vale.
Pasan unos dos minutos, yo no me desespero, pero la fila sigue creciendo y creciendo. Para más inri, la persona que sigue después mío es una amable señora que trae un carro lleno, cuando lo normal es que a ese Aurrerá en concreto sólo vaya gente a comprar poquitas cosas. Con todo, sólo se ve desertar e irse a una de las personas formadas.
-Vale, ya lo tengo. Perdón por la espera.
-También quiero hacer una recarga a un celular -le comento, antes de que cierre la cuenta.
-Vale, deme un momento y ahora le tomo el número.
-Sí.
Al parecer el código de la lechuga no se lo reconoce la máquina, intenta varias veces y no le da. Así que, sabrá él que habrá intentado, el caso es que la caja le marca error y se le bloquea. Llama al gerente para que le cancele la operación.
-Me equivoqué con el código y tuvimos que cerrar la operación -me dice, y no le entendí bien por que el supuesto error ni sabía el porqué me lo decía a mí y sólo asentí con cierta extrañeza. Se acercó al gerente y cuchichearon un poco, el gerente, con notable fastidio, me veía de reojo con cara de vergüenza. Al final el cajero se vuelve a su posición y el gerente viene hacia mi y titubea para empezar a hablarme.
-Eh... ¿me permite su maleta?
-¿Para qué? -le pregunto, realmente sorprendido.
-Pues, es que cancelé toda la operación, entonces vamos a tener que volver a pasar sus cosas por el escáner.
-Pues vale...
Le doy la maleta y el gerente empieza a sacar los productos que ya había guardado -la maleta la llevo siempre vacía cuando voy de compras, no traía nada más que cosas de ahí-, y hace lo propio con las bolsas que yo ya había guardado. A estas alturas muchas personas ya habían abandonado la fila e idose con un justificado cabreo, ya habían pasado unos cinco o diez minutos desde que había empezado el problema.
Al final pasan todo de nuevo, el gerente vuelve a guardar todo y volvemos al problema inicial.
-Oye, pero no tengo el código de la lechuga -le dice el cajero al gerente.
-Es que esas cosas deberías sabértelas de memoria, Juan -Juan por llamarle algo, no recuerdo el nombre-. El otro día fue con...
Y aquí empieza una cagada patronal que si bien parecía ser justa, se la podía haber ahorrado el encargado para después. Terminada la misma, el jefe llama por una especie de radio walkie-talkie a alguien de bodega para preguntar por el código. Nadie sabe el código, así que empiezan a averiguar si alguien cambió el código en el transcurso del día, dado que no da el de su lista por bueno, empieza el gerente a llamar por radio a medio mundo para averiguar si alguien sabe algo. Nadie sabe nada, así que el gerente pide a alguien de nuevo por radio que por favor hagan una entrada de registro para la lechuga.
Hagamos una pausa. Hasta aquí, la historia ésta es completamente reprobable, un problema de organización y profesionalidad, de incapacidad para aplicar el criterio y la toma de decisiones por parte tanto del cajero como del gerente, y un momento de absoluto tedio para mi y para los otros pobres consumidores que habían soportado quince minutos o más formados para comprar un par de yogures o un paquete de papel higiénico. Y no obstante, sigue siendo un escenario creíble. Es decir, dentro de tu hastío y tu molestia, en el fondo sabes que eso puede pasar. Aceptas que aunque haya algunos a los que seguramente les pase más, cosas así le pueden pasar a cualquiera.
Pero hay momentos que son una ruptura de la realidad. Como las ranas de Magnolia. Y empieza todo a tener unos tintes terriblemente lesluthierianos y a destruir toda la capacidad de comprensión -en el sentido de tolerancia, aunque también de raciocinio- de la que uno trata de tirar en momentos así. Ese momento pasó justo después de que el gerente pidiera que se hiciera ese nuevo código para la lechuga.
Una mujer pequeñita, como de metro y medio, se acercó al cajero. Trabaja también en el lugar y busca con la mirada las lechugas.
-Oye Juan, pero si no llegaron lechugas hoy -le dice al cajero, y le muestra una especie de lista.
El cajero observa la lista bastante mosqueado y se la lleva al gerente, que la revisa también con gesto de no entender. Entonces se acerca a donde están las lechugas y las inspecciona.
-Pues sí son lechugas -dice.
-¿Y si son coles? -interviene la mujer pequeña.
-No, las coles no son así de verdes.
-Pues es que no son lechugas, en la lista dice que no tenemos lechuga, que llega hasta el jueves.
Hablan un poco entre los tres, con la voz baja y tal. Al final, tienen una brillante idea, o eso se deduce de la cara de "al fin hemos dado con la solución" que ponen, e inclusive un atisbo de emoción se puede leer en los movimientos del cajero. Se acerca a mí el gerente.
-¿No sabe usted que son? -me pregunta.
-En serio esto es muy tonto -le digo, casi riéndome-, ¡si son lechugas!
-Bueno sí, pero ya ve que hay diferentes razas humanas de lechugas (sic), y no sabemos a cual pertenecen estas. Igual por eso no nos aparecen en los códigos.
-Pero si ustedes no ponen el nombre, sino el código. Si pusieran el nombre y buscaran sólo "lechuga" podría entenderlo, pero si ustedes insertan el código pues no.
Ya en ese momento había pasado del enojo a la hilaridad -lo de las razas humanas de lechugas había sido demasiado fuerte para mi-, y casi deseaba que se extendiera más lo estúpido de la situación, y no me decepcionaron. La cara del gerente cuando le decía eso era un poema, sonreía como si hubiera encontrado el hilo negro y poco a poco iba perdiendo la sonrisa porque no entendía mi razonamiento, pero entendía al menos que le estaba yo tirando abajo su plan maestro.
-Ok. Puede ser eso -me dijo, a pesar de no haber entendido. Y me dio una palmada en el hombro.
-Es que no pueden ser lechugas -decía de nuevo la mujer-, ¿cómo vamos a tener lechugas si no entraron?, ni modo que aparecieran mágicamente.
-¡Pues limones no son! -le dije yo riéndome. Yo es que no sé comportarme y en situaciones así no aguanto la risa y pierdo las formas. Y la señora del carrito supercargado también rió mi chiste.
-¡Ni sandías! -dijo ella riendo.
Después llamaron por el radio al gerente y le confirmaron que ya tenía un nuevo código para la lechuga, pero que no sabían el precio.
-¿Qué precios tienes de lechugas de otros tipos? -preguntó el gerente.
-Es que no son lechugas, no hay, no trajeron... -decía una y otra vez la mujer, como acompañamiento de fondo.
-Pues depende, hay unas bien caras y otras baratísimas, ¿qué clase de lechuga es? -preguntó la persona del otro lado.
-Pues no sabemos, son redondas.
-¿Son varias?, ¿no es un paquete de lechuguitas tiernas?
-No, no. Son normales. Son verdes. -dijo el gerente. Brillante.
-Ah, entonces no es lechuga morada -concluye el del walkie-talkie. Más brillante, si acaso.
-Oiga, sabe qué -les interrumpo-, déjelo, no me las llevo. Vengo mañana por ellas, o algo, llevo aquí medio hora casi, y esto es muy tonto.
-¡Se las deberían regalar! -dijo la señora del carro lleno- ¡y a mi también unas!
Al final, me han regalado las lechugas, pedido mil perdones y tal. Gracias al poder de internet ahora sé que la raza humana de estas lechugas es "lechuga iceberg". Y no me han cobrado los Clight ni unos cubos de consomé, porque el gerente no los sacó de mi bolsa. No recordé meter saldo a mi celular. La mujer pequeña continuó su ardua lucha contra la realidad aún después de que ya estaba yo por irme, e insistía en que no eran lechugas.
Aurrerá. 10:50 AM.
Estaba viendo la hora. Me formé para pagar.
-¿Encontró todo lo que buscaba?
-Sí. Gracias.
Pasa todas las cosas que iba a comprar, dejando para el final las verduras, que ha de pesarlas. Como es un Aurrerá pequeño -sólo tiene una caja, por ejemplo-, no hay cerillos, así que mientras el termina, yo voy guardando las cosas en bolsas unas y en mi maleta otras.
-¿Me permite un momento? -me dice-, no tengo el código de la lechuga, ¿me deja ir a revisarlo?
-Sí, vale.
Pasan unos dos minutos, yo no me desespero, pero la fila sigue creciendo y creciendo. Para más inri, la persona que sigue después mío es una amable señora que trae un carro lleno, cuando lo normal es que a ese Aurrerá en concreto sólo vaya gente a comprar poquitas cosas. Con todo, sólo se ve desertar e irse a una de las personas formadas.
-Vale, ya lo tengo. Perdón por la espera.
-También quiero hacer una recarga a un celular -le comento, antes de que cierre la cuenta.
-Vale, deme un momento y ahora le tomo el número.
-Sí.
Al parecer el código de la lechuga no se lo reconoce la máquina, intenta varias veces y no le da. Así que, sabrá él que habrá intentado, el caso es que la caja le marca error y se le bloquea. Llama al gerente para que le cancele la operación.
-Me equivoqué con el código y tuvimos que cerrar la operación -me dice, y no le entendí bien por que el supuesto error ni sabía el porqué me lo decía a mí y sólo asentí con cierta extrañeza. Se acercó al gerente y cuchichearon un poco, el gerente, con notable fastidio, me veía de reojo con cara de vergüenza. Al final el cajero se vuelve a su posición y el gerente viene hacia mi y titubea para empezar a hablarme.
-Eh... ¿me permite su maleta?
-¿Para qué? -le pregunto, realmente sorprendido.
-Pues, es que cancelé toda la operación, entonces vamos a tener que volver a pasar sus cosas por el escáner.
-Pues vale...
Le doy la maleta y el gerente empieza a sacar los productos que ya había guardado -la maleta la llevo siempre vacía cuando voy de compras, no traía nada más que cosas de ahí-, y hace lo propio con las bolsas que yo ya había guardado. A estas alturas muchas personas ya habían abandonado la fila e idose con un justificado cabreo, ya habían pasado unos cinco o diez minutos desde que había empezado el problema.
Al final pasan todo de nuevo, el gerente vuelve a guardar todo y volvemos al problema inicial.
-Oye, pero no tengo el código de la lechuga -le dice el cajero al gerente.
-Es que esas cosas deberías sabértelas de memoria, Juan -Juan por llamarle algo, no recuerdo el nombre-. El otro día fue con...
Y aquí empieza una cagada patronal que si bien parecía ser justa, se la podía haber ahorrado el encargado para después. Terminada la misma, el jefe llama por una especie de radio walkie-talkie a alguien de bodega para preguntar por el código. Nadie sabe el código, así que empiezan a averiguar si alguien cambió el código en el transcurso del día, dado que no da el de su lista por bueno, empieza el gerente a llamar por radio a medio mundo para averiguar si alguien sabe algo. Nadie sabe nada, así que el gerente pide a alguien de nuevo por radio que por favor hagan una entrada de registro para la lechuga.
Hagamos una pausa. Hasta aquí, la historia ésta es completamente reprobable, un problema de organización y profesionalidad, de incapacidad para aplicar el criterio y la toma de decisiones por parte tanto del cajero como del gerente, y un momento de absoluto tedio para mi y para los otros pobres consumidores que habían soportado quince minutos o más formados para comprar un par de yogures o un paquete de papel higiénico. Y no obstante, sigue siendo un escenario creíble. Es decir, dentro de tu hastío y tu molestia, en el fondo sabes que eso puede pasar. Aceptas que aunque haya algunos a los que seguramente les pase más, cosas así le pueden pasar a cualquiera.
Pero hay momentos que son una ruptura de la realidad. Como las ranas de Magnolia. Y empieza todo a tener unos tintes terriblemente lesluthierianos y a destruir toda la capacidad de comprensión -en el sentido de tolerancia, aunque también de raciocinio- de la que uno trata de tirar en momentos así. Ese momento pasó justo después de que el gerente pidiera que se hiciera ese nuevo código para la lechuga.
Una mujer pequeñita, como de metro y medio, se acercó al cajero. Trabaja también en el lugar y busca con la mirada las lechugas.
-Oye Juan, pero si no llegaron lechugas hoy -le dice al cajero, y le muestra una especie de lista.
El cajero observa la lista bastante mosqueado y se la lleva al gerente, que la revisa también con gesto de no entender. Entonces se acerca a donde están las lechugas y las inspecciona.
-Pues sí son lechugas -dice.
-¿Y si son coles? -interviene la mujer pequeña.
-No, las coles no son así de verdes.
-Pues es que no son lechugas, en la lista dice que no tenemos lechuga, que llega hasta el jueves.
Hablan un poco entre los tres, con la voz baja y tal. Al final, tienen una brillante idea, o eso se deduce de la cara de "al fin hemos dado con la solución" que ponen, e inclusive un atisbo de emoción se puede leer en los movimientos del cajero. Se acerca a mí el gerente.
-¿No sabe usted que son? -me pregunta.
-En serio esto es muy tonto -le digo, casi riéndome-, ¡si son lechugas!
-Bueno sí, pero ya ve que hay diferentes razas humanas de lechugas (sic), y no sabemos a cual pertenecen estas. Igual por eso no nos aparecen en los códigos.
-Pero si ustedes no ponen el nombre, sino el código. Si pusieran el nombre y buscaran sólo "lechuga" podría entenderlo, pero si ustedes insertan el código pues no.
Ya en ese momento había pasado del enojo a la hilaridad -lo de las razas humanas de lechugas había sido demasiado fuerte para mi-, y casi deseaba que se extendiera más lo estúpido de la situación, y no me decepcionaron. La cara del gerente cuando le decía eso era un poema, sonreía como si hubiera encontrado el hilo negro y poco a poco iba perdiendo la sonrisa porque no entendía mi razonamiento, pero entendía al menos que le estaba yo tirando abajo su plan maestro.
-Ok. Puede ser eso -me dijo, a pesar de no haber entendido. Y me dio una palmada en el hombro.
-Es que no pueden ser lechugas -decía de nuevo la mujer-, ¿cómo vamos a tener lechugas si no entraron?, ni modo que aparecieran mágicamente.
-¡Pues limones no son! -le dije yo riéndome. Yo es que no sé comportarme y en situaciones así no aguanto la risa y pierdo las formas. Y la señora del carrito supercargado también rió mi chiste.
-¡Ni sandías! -dijo ella riendo.
Después llamaron por el radio al gerente y le confirmaron que ya tenía un nuevo código para la lechuga, pero que no sabían el precio.
-¿Qué precios tienes de lechugas de otros tipos? -preguntó el gerente.
-Es que no son lechugas, no hay, no trajeron... -decía una y otra vez la mujer, como acompañamiento de fondo.
-Pues depende, hay unas bien caras y otras baratísimas, ¿qué clase de lechuga es? -preguntó la persona del otro lado.
-Pues no sabemos, son redondas.
-¿Son varias?, ¿no es un paquete de lechuguitas tiernas?
-No, no. Son normales. Son verdes. -dijo el gerente. Brillante.
-Ah, entonces no es lechuga morada -concluye el del walkie-talkie. Más brillante, si acaso.
-Oiga, sabe qué -les interrumpo-, déjelo, no me las llevo. Vengo mañana por ellas, o algo, llevo aquí medio hora casi, y esto es muy tonto.
-¡Se las deberían regalar! -dijo la señora del carro lleno- ¡y a mi también unas!
Al final, me han regalado las lechugas, pedido mil perdones y tal. Gracias al poder de internet ahora sé que la raza humana de estas lechugas es "lechuga iceberg". Y no me han cobrado los Clight ni unos cubos de consomé, porque el gerente no los sacó de mi bolsa. No recordé meter saldo a mi celular. La mujer pequeña continuó su ardua lucha contra la realidad aún después de que ya estaba yo por irme, e insistía en que no eran lechugas.
Aurrerá. 10:50 AM.
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domingo, abril 19, 2009
sábado, abril 18, 2009
Diversión sobre raíles

La felicidad nos aguarda acá cerquita. Creo que en la próxima estación la dan en bolsas de despensa.
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viernes, abril 17, 2009
Doppelgänger
Hace muchos años, unos diez, o más, concretamente cuando fuí a hacer mi examen de admisión para la media superior, en el salón donde me tocó hacer el examen, tuve el privilegio de conocer a otro Josué Mauricio Ramos Rubalcava. Vale, es verdad que yo no me llamo Lanzarote Gervasio Iturriaga de la Barcena, pero la verdad me sentí un poco triste de que hubiera en el universo alguien con quien compartía el nombre identico. ¡Pero no importo, porque lo que nos hace grandes no son nuestros nombres!... ¡y porque la vida nos pondrá en nuestros lugares, eh!... ¡y porque el olía mal y ojalá se muerta!, ¡pinche mamón!
No, vale. Fue algo curioso, porque cuando dijeron "Josué Mauricio" ya nos estabamos parando y luego fue un ¿Ramos? del encargado del examen y como los dos seguíamos ahí como si fuera una competencia de "a ver quien es" esperamos el segundo apellido. Al final tuvimos que buscar el numero de... un numero, pues.
Es bien divertido eso de las versiones alternativas y malevolentes de personajes, tan comunes en montones de obras videojueguiles (igual un día hago una entrada, que es un tema del que nunca he visto un artículo). Así, a bote pronto, recuerdo versiones darky de Tomb Raider, Samus, Mario, Heather (la de Silent Hill 3), Sonic, Link, el Principe (el de Persia). Y bueno, luego están los dobles clásicos como el de "El Doble" de Dostoievski (titulado así en un momento de particular brillantez) o el bueno de Humbert Humbert navokoveano. Pero bueno. De eso no he venido a hablarles, si no de mi vida, que ya sé que es más aburrida que los videojuegos y que la literatura rusa, pero lo siento, esto es un blog, se alimenta sobretodo de egocentrismo, que puedo hacer yo.
Hace unos días me aburría un poco y me puse a buscar mi nombre y mi ciberalias más común (sí, Geffus) en internet, esperando ser citado por mis grandes logros literarios o por mi fascinante y desconocida grandeza en la BBC o en el TNYT. Pero bueno, mientras sigo peleando por la conquista del universo en sus nueve dimensiones -ayer por ejemplo conseguí una seguidora en Twitter y un descuento en una tienda, ¡vamos progresando!-, me tengo que conformar con saber que la reseña de Empire Earth que escribí hace eones y de la que luego los editores cambiaron todo el sentido y opiniones sigue ahí, flotando en la red; que por acá me citan palabras que fueron dichas en mis tiempos estrategiosos de Meristation (por ahí del 2001/2002) y que soy citado en un puñado de blogs. O sea, que soy un perfecto desconocido, y ni tan siquiera uno muy original, ya que otro Geffus anda suelto por ahí, y de hecho es un Geffus videojugador, culpable, entre otras cosas, de que no haya logrado apoderarme del correo geffus@hotmail.com (¡y espero que por ponerlo aquí se te llene de spam, mamón!) ni del gametag Geffus en Xbox Live. Bueno, y una cosa más: que hubo una vez un diácono inglés llamado Henry Geffus, que pasó a la historia por... ehm... tener su tumba en un cementerio con directorio en internet.
La vida sigue tratando de sumirme en un abismo de anonimato y miseria, de dolor inconmensurable y penas que no terminan ni cuando el llanto que han provocado ya es suficiente para ahogar mil espíritus. O algo así. Y, pues tengo un doppelgänger. O bueno, quizá yo soy el doppelgänger, porque yo soy el "malo", no sé. El asunto es que hay otro[s miles de] Josué[s] Ramos. Y ojo, que si no creen eso lo suficientemente malo y escalofriante, ahí les va lo mejor: es cantante cristiano. Apenas entras a su MySpace y te recibe calurosamente un "Dios te bendiga, hermano". Hablaba de ese extraño descubrimiento con Josafath, mi fiel compañero de desvelos intelectuales/frikis, y hacíamos una suposición de lo que pasará cuando no sea yo al Josué que buscan, sino a ese:
Me imaginé a una pequeña niña criada por su familia tradicional, sentada enfrente del pc y su madre se acerca y dice cariñosamente "¿por qué no entras al blog de Josué Ramos?, ya ves que cosas tan bonitas canta, hablando de nuestro Señor". Entonces la pequeña entusiasmada busca al sacrosanto Josuécristo y llega hasta ésta página, y lee, y lee. "¿Qué has leído bonito en su página, mija?" pregunta su mamá mientras ve mi foto al costado, como diciendo "ay, si hasta tiene cara de buena gente, el muchacho", y su hija voltea con desbordada alegría y dice "¿pero qué página? si es mi sombrero" o peor aún "¿le puedo mandar fotos eroticas a un desconocido, mamá?".
Les dejo un, ejem, hermoso poéma de otro Josué Ramos, lleno de tópicos y dolor, como nos gustan a los conocedores. Vale, no nos gustan.
No, vale. Fue algo curioso, porque cuando dijeron "Josué Mauricio" ya nos estabamos parando y luego fue un ¿Ramos? del encargado del examen y como los dos seguíamos ahí como si fuera una competencia de "a ver quien es" esperamos el segundo apellido. Al final tuvimos que buscar el numero de... un numero, pues.
Es bien divertido eso de las versiones alternativas y malevolentes de personajes, tan comunes en montones de obras videojueguiles (igual un día hago una entrada, que es un tema del que nunca he visto un artículo). Así, a bote pronto, recuerdo versiones darky de Tomb Raider, Samus, Mario, Heather (la de Silent Hill 3), Sonic, Link, el Principe (el de Persia). Y bueno, luego están los dobles clásicos como el de "El Doble" de Dostoievski (titulado así en un momento de particular brillantez) o el bueno de Humbert Humbert navokoveano. Pero bueno. De eso no he venido a hablarles, si no de mi vida, que ya sé que es más aburrida que los videojuegos y que la literatura rusa, pero lo siento, esto es un blog, se alimenta sobretodo de egocentrismo, que puedo hacer yo.
Hace unos días me aburría un poco y me puse a buscar mi nombre y mi ciberalias más común (sí, Geffus) en internet, esperando ser citado por mis grandes logros literarios o por mi fascinante y desconocida grandeza en la BBC o en el TNYT. Pero bueno, mientras sigo peleando por la conquista del universo en sus nueve dimensiones -ayer por ejemplo conseguí una seguidora en Twitter y un descuento en una tienda, ¡vamos progresando!-, me tengo que conformar con saber que la reseña de Empire Earth que escribí hace eones y de la que luego los editores cambiaron todo el sentido y opiniones sigue ahí, flotando en la red; que por acá me citan palabras que fueron dichas en mis tiempos estrategiosos de Meristation (por ahí del 2001/2002) y que soy citado en un puñado de blogs. O sea, que soy un perfecto desconocido, y ni tan siquiera uno muy original, ya que otro Geffus anda suelto por ahí, y de hecho es un Geffus videojugador, culpable, entre otras cosas, de que no haya logrado apoderarme del correo geffus@hotmail.com (¡y espero que por ponerlo aquí se te llene de spam, mamón!) ni del gametag Geffus en Xbox Live. Bueno, y una cosa más: que hubo una vez un diácono inglés llamado Henry Geffus, que pasó a la historia por... ehm... tener su tumba en un cementerio con directorio en internet.
La vida sigue tratando de sumirme en un abismo de anonimato y miseria, de dolor inconmensurable y penas que no terminan ni cuando el llanto que han provocado ya es suficiente para ahogar mil espíritus. O algo así. Y, pues tengo un doppelgänger. O bueno, quizá yo soy el doppelgänger, porque yo soy el "malo", no sé. El asunto es que hay otro[s miles de] Josué[s] Ramos. Y ojo, que si no creen eso lo suficientemente malo y escalofriante, ahí les va lo mejor: es cantante cristiano. Apenas entras a su MySpace y te recibe calurosamente un "Dios te bendiga, hermano". Hablaba de ese extraño descubrimiento con Josafath, mi fiel compañero de desvelos intelectuales/frikis, y hacíamos una suposición de lo que pasará cuando no sea yo al Josué que buscan, sino a ese:
Me imaginé a una pequeña niña criada por su familia tradicional, sentada enfrente del pc y su madre se acerca y dice cariñosamente "¿por qué no entras al blog de Josué Ramos?, ya ves que cosas tan bonitas canta, hablando de nuestro Señor". Entonces la pequeña entusiasmada busca al sacrosanto Josuécristo y llega hasta ésta página, y lee, y lee. "¿Qué has leído bonito en su página, mija?" pregunta su mamá mientras ve mi foto al costado, como diciendo "ay, si hasta tiene cara de buena gente, el muchacho", y su hija voltea con desbordada alegría y dice "¿pero qué página? si es mi sombrero" o peor aún "¿le puedo mandar fotos eroticas a un desconocido, mamá?".
Les dejo un, ejem, hermoso poéma de otro Josué Ramos, lleno de tópicos y dolor, como nos gustan a los conocedores. Vale, no nos gustan.
jueves, abril 16, 2009
El sistema del universo
A veces te destruirán las dudas raras, las preguntas sin respuestas muy buenas.
Los actos hablan, se dice. Yo digo, sin siquiera estar seguro de si me lo creo, que muchas veces los actos, si bien hablan, hablan una lengua que no entendemos tampoco quienes los realizamos. No es coherente el hecho de hacer lo que pensamos, si no el darse cuenta de la incoherencia de los actos.
Voy a destruirte un poco, algunas veces. También voy a romper casi todos los compromisos. A veces, incluso, dudaré de ti y cuestionaré cosas que deberían ser templos milenarios de veneración.
Mis armas son las armas del que no sabe combatir. Soy el soldado que deja al compañero ir primero para saber si hay peligro, el que sólo mueve sus piezas si no ve que pueda perder nada. Diplomacia baja, disfrazada de retorica elegante, palabrería de panfleto con ínfulas.
Intentaré venderte productos que sabes que no necesitas comprar.
Y no obstante, a pesar de eso, sacarás el monedero y consumirás, porque seguirás creyendo en mi.
Seguidamente, cuando el sol pega fuerte, pienso en las cosas que podría llegar a romper.
En esas ocasiones suelo preguntarme si lo que pasa es que son frágiles, o lo que pasa es que nada aguanta el peso de mis manos. Seguidamente hago eso. Recapitulo todas las cosas que no me han funcionado, que descompuse, y hago un balance. Pierdo, por lo regular.
Históricamente, pues; estamos condenados al fracaso. Un día habría yo de lastimarte al grado de que no pudieras perdonarme. Y dirías tu, al oír eso "pero si ya ha pasado tal y tal, y no me importa". Un día pudiera ser que te importe. Las mordidas duelen también cuando vienen de perros con rabia, hambrientos y maltratados por las personas. Puede que consideraras normal que ese perro muerda, puede que inclusive creyeses que lograrías trascender de sus colmillos a la defensiva. Pero las mordidas de esos perros también duelen.
Históricamente, tú no estarías aquí. Estarías en un lugar donde seas más feliz de lo que nunca serías conmigo. Estarías lejos, lejos de verdad, intentando olvidar mi nombre, buscando como hacerme menos en tu cabeza, como anular todas las cosas que hubieras podido llevarte al irte presurosamente, sin haberte dado cuenta. Históricamente, yo estaría sólo. Escribiéndole a personas muertas, a chicas ideales, a mujeres blancas de pelo negro que no sabrían que existo, que no sé si existirían.
Yo pienso que la vida es como un pequeño peón, incapaz de echarse para atrás. Un pequeño valiente, que da sus primeros pasos por convicción y puede en cierto punto no poder si no es porque no tiene más remedio. No vas a ser jamás afortunada de elegir caminar mi camino, no vas a obtener más que un puñado de limitadas y bienintencionadas cosas, por montones de carencias. No puedo darte la mayoría de las cosas que te pueden ser ofrecidas. Tengo un poco de todo lo que nadie necesita. Soy el mercader de las baratijas.
Y abro a las 8:00 AM, todos los días. Un día llegué a abrir, preguntaste por algo, no recuerdo qué, y te dije "yo sólo vendo baratijas". Y tu trataste de convencerme de que mis trastos de medio uso, mis ropas dejadas, la jaula vieja y medio oxidada y la vitrina rebozante de pequeños objetos curiosos podían ser tesoros, para quien buscara precisamente eso. Y yo a veces siento que te estoy timando, y que no son más que espejos esas cosas que valoras como tesoros.
Los actos hablan, se dice. Yo digo, sin siquiera estar seguro de si me lo creo, que muchas veces los actos, si bien hablan, hablan una lengua que no entendemos tampoco quienes los realizamos. No es coherente el hecho de hacer lo que pensamos, si no el darse cuenta de la incoherencia de los actos.
Voy a destruirte un poco, algunas veces. También voy a romper casi todos los compromisos. A veces, incluso, dudaré de ti y cuestionaré cosas que deberían ser templos milenarios de veneración.
Mis armas son las armas del que no sabe combatir. Soy el soldado que deja al compañero ir primero para saber si hay peligro, el que sólo mueve sus piezas si no ve que pueda perder nada. Diplomacia baja, disfrazada de retorica elegante, palabrería de panfleto con ínfulas.
Intentaré venderte productos que sabes que no necesitas comprar.
Y no obstante, a pesar de eso, sacarás el monedero y consumirás, porque seguirás creyendo en mi.
Seguidamente, cuando el sol pega fuerte, pienso en las cosas que podría llegar a romper.
En esas ocasiones suelo preguntarme si lo que pasa es que son frágiles, o lo que pasa es que nada aguanta el peso de mis manos. Seguidamente hago eso. Recapitulo todas las cosas que no me han funcionado, que descompuse, y hago un balance. Pierdo, por lo regular.
Históricamente, pues; estamos condenados al fracaso. Un día habría yo de lastimarte al grado de que no pudieras perdonarme. Y dirías tu, al oír eso "pero si ya ha pasado tal y tal, y no me importa". Un día pudiera ser que te importe. Las mordidas duelen también cuando vienen de perros con rabia, hambrientos y maltratados por las personas. Puede que consideraras normal que ese perro muerda, puede que inclusive creyeses que lograrías trascender de sus colmillos a la defensiva. Pero las mordidas de esos perros también duelen.
Históricamente, tú no estarías aquí. Estarías en un lugar donde seas más feliz de lo que nunca serías conmigo. Estarías lejos, lejos de verdad, intentando olvidar mi nombre, buscando como hacerme menos en tu cabeza, como anular todas las cosas que hubieras podido llevarte al irte presurosamente, sin haberte dado cuenta. Históricamente, yo estaría sólo. Escribiéndole a personas muertas, a chicas ideales, a mujeres blancas de pelo negro que no sabrían que existo, que no sé si existirían.
Yo pienso que la vida es como un pequeño peón, incapaz de echarse para atrás. Un pequeño valiente, que da sus primeros pasos por convicción y puede en cierto punto no poder si no es porque no tiene más remedio. No vas a ser jamás afortunada de elegir caminar mi camino, no vas a obtener más que un puñado de limitadas y bienintencionadas cosas, por montones de carencias. No puedo darte la mayoría de las cosas que te pueden ser ofrecidas. Tengo un poco de todo lo que nadie necesita. Soy el mercader de las baratijas.
Y abro a las 8:00 AM, todos los días. Un día llegué a abrir, preguntaste por algo, no recuerdo qué, y te dije "yo sólo vendo baratijas". Y tu trataste de convencerme de que mis trastos de medio uso, mis ropas dejadas, la jaula vieja y medio oxidada y la vitrina rebozante de pequeños objetos curiosos podían ser tesoros, para quien buscara precisamente eso. Y yo a veces siento que te estoy timando, y que no son más que espejos esas cosas que valoras como tesoros.
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